Stick and spout.


Única aparición de Michael Burkhardt en los relatos de nuestra protagonista.

Flashback — 2003. (Parte 1.)

«Era una tarde parda y fría de invierno, los copos de nieve golpeaban el cristal de la ventana de la residencia Mckenzie. Las llamas de la chimenea centelleaban mientras la pequeña Dánae, que por aquel entonces contaba con siete años, leía uno de los viejos libros polvorientos de su padre. Tan solo el sonido de las teclas del ordenador en que escribía su madre conseguían sacarle del pequeño mundo en que se había sumergido hacía ya varias horas.

Observaba los dibujos con deleite, acariciando las finas páginas sedosas con las yemas de sus dedos, en búsqueda de sumergirse aún más en las historias milenarias que tanto le gustaba que le contara su progenitor. Una fugaz sonrisa surcó su rostro a la vez que un centelleo se instauraba en su mirada mientras miraba aquellas páginas con color amarillento y olor a humedad.

Michael caminaba de un lugar a otro, pensativo, con una copa de whisky escocés en la mano y posando repetidas veces la mirada en su tercera hija. Su esposa, una escritora reconocida, dejó el ordenador por un momento, levantándose de la silla en la que acostumbraba a escribir para después acercarse al hombre, que a pesar de no ser demasiado mayor, pues apenas rozaba los treinta y seis años, ya tenía alguna cana fruto del paso de los años y la dureza de su trabajo.

–Tienes que contárselo ya –Dijo Agnes mientras apoyaba una de sus manos en el hombro de Michael y le dio una suave palmada en éste.

El hombre tragó saliva y dándole un largo trago a su copa, acabándola del tirón, apoyó ésta encima de la mesa en la que segundos antes había estado ocupada su mujer y se dirigió hacia la joven Dánae. Se agachó, quedando de cuclillas y clavó su vista a través de las gafas en las hojas que la precoz niña estaba revisando en aquellos instantes.

–¿Te gusta la historia que estás leyendo? –Él ni siquiera se había parado a mirar exactamente lo que la niña ojeaba.

Dánae alzó su mirada azul al rostro de su padre, con la sonrisa angelical que tenía por costumbre tallar en su rostro. Asintió, haciendo que su trenza adornada con un perfecto lazo azul marino se moviera de un lado a otro en su espalda –Sí, papi –Dijo rápidamente y volvió a mirar el libro –Aunque me gusta más cuando me las lees tú –Se encogió de hombros, pronunciando aquellas palabras de manera infantil.

–Te prometo que cuando vuelva te leeré y te contaré todas las historias que quieras –Dijo su padre de golpe, haciendo que las palabras que salían de su boca impactasen en su hija. Terminó por sentarse en la moqueta que cubría la madera del suelo y palmeó el lado contiguo al suyo para que Dánae se sentase junto a él –Me voy a Egipto en unos días –Un suspiro se escapó de entre los labios de Michael –Tienes que cuidar de tus hermanas –Musitó.

La niña se había sentado a su lado, comenzaba a juguetear nerviosamente con los pliegues de su falda a cuadros azules y blancos. Tenía la mirada clavada en su regazo. Odiaba cada vez que su padre se iba de viaje, siempre pasaba largas temporadas fuera de casa y aunque era algo que hacía regularmente nunca había llegado a acostumbrarse a ello –¿Te vas a trabajar…?

Agnes observaba la situación desde un segundo plano, con los brazos cruzados y apoyada en el respaldo del sofá. Ella también sentía las ausencias de su marido, sin embargo quién más le preocupaba eran sus hijas, que a pesar de que Jackson fuera un gran padre y esposo, estaban creciendo con ausencias paternas regulares.

El hombre se mesó la barba justo antes de rodear los hombros de su hija con uno de sus brazos y la pegó a él haciendo que la pequeña se recostara en él –Sí, cariño… Ya sabes que papá trabaja fuera, pero… te traeré lo que me pidas a mi vuelta.

–¿No puedo ir contigo, papá? –Preguntó la niña aún recostada en Michael y le abrazó por la cintura.

–Es peligroso, princesa –Dijo su padre apoyando sus labios en el cabello achocolatado de su hija –¿Por qué quieres ir?

–Siempre he querido ver una momia, papi… –Sentenció Dánae mientras alzaba la mirada hacia él –Además… de mayor quiero ser como tú. No me importa que sea peligroso.

Agnes que había escuchado las palabras de la pequeña sonrió contagiada por la ternura de la noticia a la vez que Michael soltaba una suave carcajada sonora que invadió toda la habitación –Si quieres venir conmigo cuando me vaya de viaje para trabajar… tendrás que aprender a defenderte –Dijo su padre, tratando de calmar las palabras de su hija aunque en su interior estaba lleno de orgullo por aquella revelación.

Dánae que no había terminado de entender el por qué tendría que aprender a defenderse, pues era muy pequeña, frunció el ceño. Se levantó de un salto del suelo y salió corriendo de la habitación, provocando un estruendo al subir al trote las escaleras, dejando a sus padres y sus hermanas que jugaban con la pequeña Charlize de apenas un año estupefactas. Tenía una idea, y aunque probablemente su madre no le dejaría llevarlo a cabo si se enteraba, se coló en el desván lleno de trastos viejos de sus padres para buscar aquello que tantas veces había ansiado probar.»