La leyenda de la novia cadáver.


Volvemos a la vida de Alice Kyteler, actualmente como fantasma. Así nació la leyenda de la novia cadáver.

Flashback, alrededor de 1920. 
(Alice Kyteler, personaje secundario)


La oscuridad habitaba en todas partes. Cada lugar en el que mi mirada se posaba radiaba penumbra, era incapaz de despegar la oscuridad de mi alrededor y de mí. Tanto era que no había diferencia entre noche y día, ya no llevaba la cuenta. ¿Cuánto tiempo había pasado? Demasiado, la putrefacción de mi carne así lo atestiguaba. 

Rara vez alguien se adentraba en aquel bosque sobre el que tantas leyendas corrían pero de vez en cuando algún cobarde fingiendo ser valiente se atrevía. Ese día no fue el primero, ni tampoco fue el último. 

El chasquido de las ramas en el suelo ya avecinaba lo que sucedería. Unos adolescentes habían venido a probar suerte. Como tantos otros antes, incrédulos de lo que se contaba en la ciudad. Su ropa era algo diferente a la de los otros. Reían como si no tuvieran nada que temer. Se acercaban a la orilla del río. 

−¿Veis como no hay nada? –Dijo uno de ellos sentándose en la orilla y comenzando a arrancar la hierba del suelo. 

−¿Entonces todos se lo inventaron? –Se quejó el otro mientras tiraba una china al río. 

Aquel río en el que yo estaba. Mi cuerpo sumergido y mi alma ligada. Aquel lugar que era mi tumba, en donde había muerto y donde pertenecía. Ninguno de ellos habría roto un sepulcro ni una lápida. ¿Y es que mi templo se merecía menos respeto? 

El remolino de aire que les azotó me habría hecho reír de haber podido hacerlo. Uno de ellos se llevó la mano al pecho. 

−¡Es solo viento! –Dijo el crío. 

−Viento o no, me he asustado… −Balbuceó él ya con la voz quebrada del susto. 

Quería echarlos y que no volvieran, no al menos para deshonrar la tumba líquida en la que permanecía. Si me hubieran dicho que los fantasmas existían cuando aún estaba viva habría llamado locos a quienes lo sentenciaran. Pero en ese momento aquella afirmación era tan real como que podía estar sentada en la rama de aquel árbol, transparente e invisible al ojo humano, con mi vestido blanco raído y empapado. Su miedo me volvía más fuerte. Fui capaz de reírme haciendo eco en todo el bosque. 

Vi como el más escéptico de los dos se estremecía −¿Hay alguien ahí? –Preguntó y se notaba el terror en su voz. 

Moví mi mano de manera desairada, ahora era el agua lo que se volvía un torbellino, y pude ver cómo mi mano cadavérica, la de mi cuerpo, se asomaba a través del agua cristalina −¡Idos! ¡Idos! –Fui capaz de chillar. 

Aquellos niños fueron incapaces de no salir corriendo. Nunca escuché lo que contarían en la ciudad, en sus casas, ni a sus amigos, pero sabía que había causado tanto impacto que comenzaron a considerar aquel lugar como maldito. 

Mi deseo no se cumplió. No hallé la paz que ansiaba en mi muerte. Cada vez venían más. Querían vivir en sus propias carnes lo que la leyenda contaba. Había errado tanto y sin embargo su temor me transmitía tanto poder que fui incapaz de negarme a aterrorizar más y más. Cada vez exhibiéndome un poco más que la anterior. Hasta que recibí el nombre que me merecía; La novia cadáver. 

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